Cuaresma: Tiempo de conversión y de fe

Con el miércoles de ceniza, iniciamos el tiempo litúrgico en la Iglesia católica llamado cuaresma. En este día los templos se abarrotan de gente (algunas que no se vuelven a ver hasta el otro año) con una intención: “recibir y portar” un polvo negro en la frente, como signo de arrepentimiento y penitencia. El ambiente que sigue después, durante cuarenta días que comprende la cuaresma. Más de alguno, sino todos, se dejan llevar por ese ambiente penitente a tal grado que caminan por las calles sintiéndose culpables, no sólo de sus acciones, sino incluso de acciones que no han cometido y no les corresponden. Participan de las celebraciones religiosas con rostros “fríos” y “rígidos”. Se experimentan “malos” e indignos de Dios, y para tal efecto, se someten a prácticas de austeridad o autocastigo sin entender por qué. Pero su castigo es relativo y mental. La mayoría sigue su vida igual, sin que nada cambie, sin un auténtico arrepentimiento.

Otros tantos, motivados por las “exhortaciones pastorales”, buscan mortificar el cuerpo con alguna práctica de ayuno y austeridad. Sufrir o fingir que se sufre parece que es lo mejor. En este tiempo es muy usual hablar de los cambios alimenticios, de no comer carne, de privarse de un gusto o un deseo material, de ayunar. Mientras mucha gente se muere de hambre, algunos son afectos a estas prácticas que tranquilizan sus conciencias. Hay quienes siguen pensando que privarse de un alimento libera de la culpa, del daño causado a alguien, de la herida propiciada por una mala acción. Sin embargo, deben saber que no comer carne no cura; que privarse de un postre no trae consigo la redención. Lo que cura es el perdón. Y el perdón es una acción, no un bonito pensamiento. Una acción que requiere valor y humildad.

Nuestra cultura mexicana –y muchas otras culturas en el mundo- son muy adeptas al dolor y al sufrimiento. Ya por historia, tradición o costumbre, o simple negligencia, este tiempo es más “gozado” por algunos creyentes, que otros que proponen dicha, felicidad y esperanza. Acuden más los feligreses a los templos y capillas este tiempo que en otros. Esto refleja, quizá, que no sabemos vivir felices, gustamos de los problemas y las adversidades, no sabemos paladear la alegría. ¡Claro que no hablo en general!, sino por el grupo más representativo que acude a los templos a golpearse el pecho, pidiéndole a Dios perdón, llorando sus miserias delante de Quién es amor, gozo y vida. Cada año los mismos recuerdos, cada año los mismos pecados, cada año las mismas lágrimas. Cada cuaresma Dios vuelve a escuchar la miseria humana, de la que él no es responsable. En mis adentros pienso que a Dios no le gusta escuchar siempre la misma historia. Dios quisiera escuchar que cada año somos mejores personas.

Un verdadero cambio debería llevarnos a reflexionar sobre lo honesto que somos en nuestras relaciones personales y humanas, y sobre aquellas actitudes que debemos cambiar para no dañar a terceros, más que auto-propiciarse un dolor mental. Deberíamos, en el contexto actual, dejar ciertas prácticas, y enfocarnos a hacer lo que es correcto. Asumir responsablemente la vida y tratar bien a los demás, comenzando en la familia. Practicar la caridad con un matiz solidario, compartiendo con quien no tiene bienes si es que esto es posible. Proponernos metas más humanas que nos lleven a vivir religiosamente mejor nuestra fe.

En cada cuaresma, hay una tendencia a juzgarse por errores y heridas del pasado. Se siguen confesando problemas del ayer porque no se han perdonado nunca. Se camina con un tremendo delirio de persecución. Machacar la herida lo único que hará es hacerla más grande, más profunda. Nadie redime a otro señalándole incansablemente sus errores. Pero esto requiere una verdadera conversión, valor para cambiar. Dios perdona al hijo y a la hija que se sienten pecadores, pero el hijo y la hija que no quieren perdonarse nunca, no sabrán vivir sin culpas. Dios propone la libertad, el hijo y la hija que no es feliz, elige la esclavitud. El perdón es el mejor de los regalos que uno puede darse y otorgar al otro, porque me lleva a caminar sin resentimientos ni rencores. La vida es hermosa como para desperdiciarla en tantas amarguras.

La conversión cristiana nada tiene que ver con los complejos de culpa. La conversión propuesta por Jesús es un camino a la felicidad. El hombre debe cambiar redimido porque tiene el derecho a ser feliz. Claro está que la persona que ha cometido un delito debe reparar el daño, no está exento de su responsabilidad, porque también debe existir y practicarse la justicia. Todo perdón que no incluya la reparación del daño causado se queda a medias o en nada. En la oración del Padrenuestro pedimos el perdón de nuestras ofensas, como también nosotros deberíamos perdonar a nuestros deudores. El perdón es un acto libre. El experimentarse perdonado una bendición.

La conversión cristiana es el paso de lo bueno a lo mejor, de lo que soy, a lo mejor que puedo llegar a ser. La conversión que propone Jesús nunca fue ideológica y/o mental, sino del corazón y real. En definitiva, una vuelta a Dios. Por eso la conversión, más allá de ser un listado de acciones que incluyan sacrificios y sufrimientos, austeridades o limitaciones, auto-compadecimientos sin sentido, es una oportunidad para salir del bache en el que muchos estamos hundidos. Es optar por la oportunidad que tenemos en la vida de caminar libres y juntos. Si lo piensas bien, vivir con Dios es más bonito cuando se vive bien con los hermanos. Jesús nos dijo que el mandamiento más importante está en amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo. El perdón es fruto del amor y no busca recompensa alguna.

Reyes Muñoz Tónix                                      hogarescalasanzmexico@gmail.com