¡Está vivo!

Reyes Muñoz Tónix. SchP

Cuando lo vi por primera vez, sabía que algo había diferente en él. Solía retirarse, buscar un lugar para estar a solas. Se quedaba ahí largo tiempo, incluso noches enteras. Al regresar, su rostro y toda su persona irradiaba una paz y una sorprendente confianza. Mas tarde, cuando camine con él, sabía que cuando se retiraba era porque quería estar a solas con Dios, a quien llamaba su Padre. La manera en que explicaba su relación con él era única. Decía que el Padre le hablaba de amor y que de amor se trataba todo. Por amor estaba el cielo, las estrellas, la montaña, el río, la flor. Por amor existía la vida y la vida se traducía en rayo de luz, en sol, en luna. Por amor existía la risa, la alegría, pero al mismo tiempo, tenía sentido el sufrimiento, el dolor y la muerte. “El Padre es amor”, nos decía una y otra vez. No es juicio, no es sentencia.” ¡Es amor!” Miren las flores del campo, mi Padre las viste de colores para que cuando las vean, vean su amor transformado en detalle. “Al Padre se llega por amor”.

Caminamos juntos y recorrimos varios pueblos. Al principio, todos lo aceptaron, lo buscaban para oírlo, pero también para obtener algún beneficio personal. Fue maravilloso ver como realizaba obras prodigiosas. Más de una vez quedé asombrado y un temor se apodero de mí. “¿Quién era?”, me preguntaba. Lo cierto es que caminar con él, a su lado, formar parte de su grupo fue la más grande de las experiencias que pudo haberme pasado.

A tal grado llegaron sus acciones que muchos también comenzaron a seguirlo. Yo me sentía orgulloso de que lo reconocieran, de que quisieran -incluso- solamente tocarlo, porque tenían fe en él. Pero no todos pensaban lo mismo, principalmente el grupo de los intelectuales y sabios del pueblo. Ellos veían con recelo su ministerio. Lo que hablaba les digustaba, y lo que realizaba lo desaprobaban. A nosotros nos decían que su predicación era falsa e irreverente, que Dios no puede ser Padre, Pastor, hermano o amigo. Dios era completamente otro, no tendría porque rebajarse a ser como un hombre, y un hombre de campo.

Lo que al principio fue una “gran aventura”, poco a poco iba tendiendo a tragedia. Dentro del grupo había divisiones, algunos ya no lo seguían con el mismo ímpetu que al principio. Las señales que realizaba ya no bastaban. Sus palabras eran cuestionadas. Él se dio cuenta, y nos dijo que las cosas no iban a ser fáciles. Por el contrario, se pondrían más difíciles. Al principio yo me resistí, no podría ser cierto lo que escuchaba. Tantos recibieron de él un beneficio, curó sus heridas, consoló su almas abatidas, expulsó el mal de sus vidas, compartió lo que tenía con los necesitados, habló de Dios como nadie más lo había hecho. Lo que estaba diciendo, de que lo iban a tomar y a juzgar por sus palabras y acciones no tenía sentido. ¿Quién querría hacer mal a quien sólo había hecho el bien? ¿Por qué lo juzgarían mal al hablar de un Dios cercano y amigo? ¿A caso Dios no lo es?

Cuando empezó hablar así, de los riesgos, de la persecusión, de la muerte, del rechazo, muchos empezaron a irse del grupo. Ya no caminaron con él. Decía que que para seguir con él había que renunciar a todo, incluso a sí mismo. Que para ser el primero, había que ser el último. Que nadie debe estar por encima de nadie, por el contrario, que la grandeza consiste en ser esclavo del otro. Nos escandalizó cuando dijo que si alguien nos pegara en la cara, pusieramos la otra mejilla, y que si prestabamos algo, no lo recuperaramos pues hay un tesoro más grande, y está en el cielo. Pero si eso era fuerte, más fuerte e inadmisible fue lo siguiente: ora por quien te trate mal, reza por quien te difama, eleva una plegaria por quien te ha hecho daño, y dale la mano a tu enemigo. ¡No, simplemente no, dijimos todos! ¡Ni Dios puede pedir eso! El enemigo merece ser tratado con rigor. Nadie en su juicio puede aceptar tal conducta. No fue el miedo lo que sobrevino primero, fue la incomprensión. El mundo del que hablaba era un mundo al revés, con valores distintos a los conocidos. Roma y el pueblo judío no creían en esto.

Para los que hemos padecido ofensas, burlas y ultrajes; para los que hemos sido tratado con desprecio, humillados; para los que hemos sido lastimados en cuerpo y alma, sus palabras sonaron hirientes. No fue el temor, fue la incomprensión. Decir que Dios es amor está bien, pero afirmar que Dios es misericordia y compasión, y que está presto a perdonar al enemigo, y darle un lugar al pecador, no era algo para lo que estabamos preparados. Quienes lo seguíamos queríamos un cambio, anhelabamos una transformación, buscábamos en el fondo un mejor modo de vida. Lo que proponía Jesús era algo que nadie busca. ¿Quién quiere ser el último? ¿Quién quier ser el servidor? ¿Quién quiere ser humillado por su enemigo? ¿Quién quiere darle la mano al asesino, al torturador? ¿Quién quiere renunciar a todo, familia, bienes, estatus social? ¡Ni Dios puede pedir eso!

A pesar de que muchos se fueron, me quedé con él. Y el viaje ya no fue placentero. Lo que dijo tuvo sus repercusiones. La descalificación nos persiguía por todas partes. Se nos miraba con desconfianza. Y, ¡él lo sabía! Algunas noches intentamos persuadirlo, le advertimos que las cosas podían acabar mal. Le rogamos volver a casa, a un lugar seguro. Él nos miraba fijamente y con ternura. Sabía de nuestras debilidades. Por eso buscaba consolarnos, nos abrazaba y nos habla del Padre. “Dios es amor”, no lo olviden. Mira las aves del cielo, miren los peces del mar. El Padre está atento a lo que necesitan. “Pidan al Padre y el les dará lo que necesitan”. Cuando hablaba del Padre desaparecía todo miedo, ya no había nada que temer. Sin embargo, los rumores sobre quererlo apresar comenzaron a surgir y llegar a nosotros. No advertí cuan pronto sería, por que en el fondo, no quería que ocurriera. ¡Yo lo amaba!

Cuando ocurrió era de noche, habíamos acabado de cenar; fue raro, no fue una fiesta festiva. Unos soldados venían acompañados de unos hombres importantes del pueblo, los reconocí por su ropa. Pero, dentre las sombras, pude distinguir a uno de los nuestros. Allí estaba señalando con la mano a Jesús. Se acercó y beso a su amigo. Entonces lo apresaron violentamente, con insultos le hablaban y lo jalaban, y le daban golpes. ¡La peor de las pesadillas estaba sucediendo! Todo fue tan rápido, estaba planeado. Tenían miedo a que sus seguidores lo defendieran, por eso actuaron así. Lo que no sabían es que muchos ya se habían ido, y que en cierto modo, estaba solo. Los que estabamos con él, no hicimos nada. Gritamos, sí, pero por miedo, no tuvimos el valor de arrebatarlo de las manos de los soldados, de dar la cara por él. Y ese recuerdo me persigue aunque ya me perdonó.

Lo que pasó con él en las horas siguientes fue trágico e inhumano. Llevado de un lado a otro, lo insultaron, le gritaron, se burlaron de él. Supimos que lo etiquetaron de blasfemo, de ir contra la religión oficial, contra las Leyes del Templo, hasta lo acusaron de ser un mal político buscando el mal de la nación. Lo tacharon de mentiroso, de manipulador, de demonio. Lo expusieron a la burla de los gobernadores, a quienes en realidad no les importaba lo que hiciera un “soñador” o un “fanático”.

Metidos entre la muchedumbre para no ser descubiertos, fuimos testigos mudos de cuando lo sentenciaron a muerte. Cuando escuché el griterío que pedía su crucifixión, ¡una muerte horrible!, sentí que las piernas no me respondían. Reprimí el llanto para no ser descubierto. Mi amigo estaba allí adolorido, maltrecho, sangrando por todos lados. Antes de que cargara con el madero en la espalda al Calvario, le habían propinado una golpiza horrible, su cuerpo estaba disfigurado. Cualquiera hubiera sentido pena por él. Pero no, ¡era al revés!, seguían gritando que muriera. ¿Dónde estaban sus seguidores? ¿Dónde estaban todos aquellos que lo escucharon hablar de Dios, del Padre? Allí estaban los enemigos, no le estaban dando la mano, ¡pedían su muerte!

Entre la muchedumbre, cuando ya caminaba sobre la calle empedrada, estaban sus familiares, quienes se lamentaban por su suerte. Y con ellos, estaba ella, su Madre. Valiente, gritaba, lloraba, gemía de dolor. Quienes la acompañaban la sujetaban para que no desfalleciera, trataban de consolarla. “¡Ayúdenlo”!, “Por favor, ayúdenlo”, sollozaba. Su llanto conmovió a muchos y también lloraron. Pero la sed violenta de los que lo acusaron, fue más fuerte. Yo lloré también, pero no tuve la fuerza de aquella mujer frágil y débil, que sin importarle que la mataran, corrió hasta donde estaba su hijo para abrazarlo y cubrirlo de beso. El hijo que un día tomó en sus abrazós le era arrebatado de una forma cruel e infame. Él la miró y agradeció porque estuviera allí con él, como al principio. “Mamá, mamá”, le dijo él. “Te amo”, le dijo ella comiéndose las lágrimas.

Los gritos de la turba subieron de tono cuando el clavo traspazó las manos y los pies del crucificado. Levantaron la cruz, y en ella el cuerpo de quien sólo habló de amor. No, no era un mundo al revés, era un mundo inhumano, el mismo de siempre. No había flores del campo, había sangre; no había armonía, había rabia. Mi propia rabia contenida por cobarde. El bien no se piensa, se realiza. El amor verdadero implica la vida misma. Si el amor no es más fuerte que la muerte, entonces no es amor.

Una lanza puso fin a su vida. Le traspazaron el costado para que muriera a prisa. Él expiró y entregó la vida al Padre. Al Padre a quien tanto amaba. Al Padre a quien no le reclamó nada. “El Padre es amor, y por amor vale la pena dar la vida”. Y allí estaba él, sindo fiel a sus palabras. Sin un reclamo a sus ejecutores, sin un reclamo a quienes lo dejaron solo. “Nadie tiene amor más grande que aquél que da la vida por sus amigos”, le escuche decir un día, pero jamás pensé que fuera de esta forma.

Todo fue tan rápido. No pude siequiera despedirme. Decirle cuánto lo quería. Cada uno de nosotros vivió con él experiencias únicas. A Dios cada uno lo conoce con lo que es, y no puede ser de otro modo. ¿Qué estarías dispuesto hacer por tu Dios? Jesús dio la vida por él. La dio porque lo amaba. Dios es un Padre de amor, de ternura, de misericordia. ¡Creánlo! No está lejos, está cerca, vive aquí, está en cada corazón que se abre a su amor. Fiel a sus convicciones caminó con el madero en la espalda llevando consigo los dolores de su pueblo.

Lleno de miedo ante la persecusión, busqué a los del grupo, porque estabamos dispersos. No era la falta de fe, era la incomprensión. Cuando nos juntamos, unos y otros nos reclamamos nuestra falta de valor. Expresamos nuestra frustración con gritos y ofensas; nos envolvió un sentimiento mundano. ¿Qué haríamos? Volver a casa era lo más sensato, y de la forma más precavida. Todo había acabado. Presos del miedo, optamos por vivir en las sombras.

Pasaron tres días, cuando muy de mañana, los golpes en la puerta nos despertaron. Era una mujer agitada, con rostro asustado. “¡No está el cuerpo del Señor!” “¡Lo han robado!” El temor volvió a cimbrarnos. Si los enemigos eran capaces de eso, ¡de qué no serían capaces! Algunos de los nuestros, constataron que en efecto, el cuerpo no estaba, y cerramos la puerta para no ser descubiertos por los judíos.

         La mayoría contempla el dolor de Jesús en la cruz, pocos al Padre de amor contemplando el dolor de su Hijo amado. Allí está María a los pies de la cruz, y también en el cielo el Padre expectante por su Hijo. Y en el centro Jesús, que mira a uno y a otro, y les dice: “te amo”. Un te amo eterno que todo todo lo renueva, que todo lo transforma, que todo lo redime, que todo lo envuelve. El amor de Dios no es lógico, es puro corazón.

          Jesús resucitó, como lo había dicho. “¡Jesús vive!”, decían todos. “¡Él vive!”, gritaban. Y yo me uní a su alegría. No hay nada más hermoso que ver vivo a quien se ama. El asombro nos dejó atónitos. Sin palabras. Estaba vivo, y estaba en medio de nosotros. Las marcas de los clavos en pies y manos ya no sangraban, pero estaban presentes. El crucificado estaba en medio de nosotros. Y su saludo fue de paz. “La paz este con Ustedes”, nos dijo, y mi corazón ardía por dentro. Estabamos en esto cuando de entre el grupo surgió una voz tierna y conmovida, que dijo asombrada: “mi niño”, “hijo”. Era María, su madre. “Mamá”, “mamita”, correspondió, “aquí estoy”, “lo que te había dicho, ha sucedido. Mi Padre es vida, Yo soy vida”. Y se fundieron en un abrazo tierno. Todos rompimos en llanto, unos de alegría, otros de pena, otros simplemente porque todos estabamos así. Resucitar es vivir; resucitar es alegría; resucitar es quedar mudo y no decir nada. El amor verdadero no precisa de palabras. Él nos miró a todos y en su mirada nos decía que eramos parte de él. Resucitar es creer que es posible para Dios lo que es imposible para los hombres.

La respuesta de Dios ante la muerte es la vida. La respuesta de Dios ante el odio es el amor. La respuesta ante la ofensa es el perdón. La respuesta ante el sufrimiento es la compasión y la misericordia. Dios es amor. Un Padre de amor que está dispuesto a perder para ganar al hijo y a la hija que ama. Es un Dios cercano, próximo, comprometido con su creación.

         La presencia de Jesús nos confirmó en la fe. Todo lo que había dicho se había cumplido. Dios es promesa cumplimiento. Si él estaba vivo, entonces todo lo que había dicho era verdad. Un mundo distinto es posible. Vivir de otro modo a los valores del mundo es posible. En mi mente y en mi corazón resonaban sus palabras. Todo mi universo estaba colapsado. Lo decisivo en la vida es amar. Me repetía por dentro. Pero hay que estar dispuesto a perder para ganar. Estar dispuesto a arriesgar la vida, hasta la muerte, para encontrar la verdadera vida. Él estaba vivo, y estaba en medio de nosotros. Su resurrección era la respuesta concreta ante nuestras dudas. La irrupción de Dios en la historia, con la vida de su Hijo, trajo la alegría al mundo, a un mundo de sombras que no lo reconoció. Pero aquellos que caminamos con él, que lo vimos amar, que lo vimos padecer en la cruz, y ser testigos de su resurrección, ahora estabamos claros que él es el Hijo de Dios.

         Me fui a un rincón de la habitación porque quería estar solo. Eran tantas emociones juntas, y me sentía cansado, o más bien, apesadumbrado. En realidad, algo dentro de mí me seguía inquietando. No estuve con él en los momentos difíciles. No tuve el valor ni siquiera para gritar, y mucho menos, para auxiliarlo en los momentos de dolor. ¡No cargué la cruz! Eso me seguía lastimando. Al verlo vivo, ¡claro que me alegre!, pero en el fondo, sentía vergüenza por mi actitud cobarde. Volví a experimentar la pena y una profunda tristeza, y nuevamente un dolor comenzó a presionarme el pecho.

         Entonces él vino a mí. Me tocó el hombro. Me miró con amor de Padre. Y al sentirme descubierto, no pude más que arrojarme a su pecho. “Perdóname, perdóname”, le dije mientras me comía las lágrimas. “Perdóname”, y no pude decir más. Él me abrazó más fuerte, y en su abrazo, no había nada más que decir. Roto por dentro, balbuceaba palabras sin sentido. Resucitar es perdonarse a uno mismo. Lo abracé con fuerza, no quería soltarlo otra vez. Así estuvimos un largo rato hasta que le escuché decir: “Te amo”.

         Él se presentó a nosotros en otras muchas ocasiones hasta el día que ascendió al Padre. Nos dejó la asistencia del Espíritu Santo para fortalecernos e iluminarnos en el camino. Nos dio autoridad para hacer el bien. Y la hermosa tarea de comunicar a los demás los valores del Reino. Un mundo distinto es posible. Pero este mundo comienza en el corazón de cada uno. No es lo que viene de fuera, sino lo que hay dentro. De lo que hay en el corazón hablarán los labios. Un corazón lleno de Dios, lleno de amor, sólo puede dar amor. En un corazón marchito, en cambio, no germina la vida.

         Vivo con la certeza de que Jesús está vivo. No es una doctrina, tampoco una religión, es una experiencia de fe. Creo en Jesús, en su Palabra. Vivo procurando el amor porque ese es su mandamiento, no siempre lo logro, pero lo procuro. Sé que el amor no es un bonito pensamiento, es acción. Acepto con alegría y bendición el amor recíproco, y me mantengo firme aun cuando no haya respuesta. Mi fe me mueve a esperar. La esperanza cristiana se sustenta en Jesús resucitado, en él espero. Sólo se espera cuando se cree. Resucitar es esperar, ser hombre de esperanza.

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