La “nueva normalidad”

Hace unos meses, nuestro modo de vivir, como lo conocíamos, cambio radicalmente. Entonces, no sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Y hoy, no sabemos cuando terminará, aunque los expertos en salud afirman que debemos acostumbrarnos a la nueva normalidad con la que ya vivimos. Lo cierto es que nada será igual, aunque muchos se nieguen a aceptarlo. De una u otra manera, todos hemos sido tocados por este virus: ya sea un familiar directo, un vecino o un conocido. Todos hemos vivido en carne propia los estragos de la pandemia, y aún ahora, estamos dándonos cuenta de los impactos del virus SARS-Cov-2 (síndrome respiratorio agudo grave), más conocido como coronavirus. A quienes han experimentado la pérdida de un ser querido, mi oración y la solicitud al Señor del consuelo y la pronta recuperación de este hecho trágico. Para nuestros seres amados el descanso, la paz y la vida eterna con Dios.

Pero no solo la pérdida de un ser querido está presente en nuestra nueva realidad. En muchos, el temor, el miedo es una constante en nuestras “nuevas” formas de vivir. El miedo a salir, el miedo a encontrarse con el otro, el miedo a que haya algo en el aire que nos contamine, está presente. La sobre información en los medios de comunicación parece alentar este clima de incertidumbre y temor ante la vida. Este nuevo paradigma ha traído consigo otro modo de plantearnos nuestro lugar en la tierra. El ser humano, en cuanto ser natural, está sujeto a las leyes de la naturaleza, y ante ellas, se muestra como un ser frágil, débil y limitado. Este poderoso y letal virus, se ha presentado, hasta ahora, como una enfermedad para la cual no hay cura ni remedio alguno. Y nadie está exento de padecerlo. La realidad de la muerte no se había hecho tan presente como ahora. Escuchar tantas muertes de un día a otro solo nos pone ante un reloj que camina y que nos lleva a pensar cuándo será nuestro turno. Escuchar las muertes en todo el mundo, nos pone en la antesala de contemplar la propia muerte.

Ante esto, algunos viven en una constante angustia existencial, se sienten enfermos, sienten que les falta el aire. Otros más, se experimentan vulnerables, propensos a contraer el coronavirus. Otros, al parecer, viven inmersos en un sinfín de enfermedades del cuerpo y del alma. No recuerdo, hasta ahora, ver filas interminables en los hospitales y en los laboratorios químicos portando cubre bocas y con la mirada afligida y perdida en no sé dónde. Presencie la afectación de la pandemia de gripe A(H1N1) que inició el 17 de marzo de 2009 (aunque la declaración se dio el 29 de abril del mismo año por la OMS), ¡pero no fue tan desgarradora como el covid-19! Lo que nos está ocurriendo es sencillamente impredecible y alarmante. Y la realidad es que la comunidad científica no acaba de determinar los alcances graves de esta pandemia.

La afectación, no sólo es en el área de la salud. La sociedad entera, y global, colapsó, y las secuelas son desastrosas. Las economías de todo el mundo cayeron y están teniendo consecuencias drásticas. Millones y millones de personas viven sumidas en la miseria. Se ha engrosado el listado de los “nuevos pobres” que han pasado a la marginación. Son todos aquellos que han perdido el trabajo, aquellos que han visto disminuidos sus ingresos, aquellos que han recibido la triste noticia de un corte laboral. Aquellos que han perdido el poder adquisitivo para el pago de la renta, los que sufren por no poder tener pan para sus mesas, por no saldar las deudas y perder su patrimonio. Miles y miles de familias afectadas directamente y que no ven la forma de “salir” de este atolladero.

La gran publicidad del confinamiento, del “quedarse en casa”, estaba dirigido, desde sus inicios, a unos pocos. La inmensa mayoría de familias que viven del ingreso diario no entraron nunca dentro de esta estrategia de salud. Las familias o los grupos que pudieron hacerlo fueron en realidad pocos. El virus puso en evidencia la gran brecha que hay entre ricos y pobres. Evidenció las carencias de los países y sus sistemas de gobierno. Quitó el velo y nos mostró la realidad tal cual es: cruda. ¡Ningún país está a salvo!

Los miles de muertos, 573 270 (14 de julio; 11:40 GMT, Fuente: Universidad Johns Hopkins (Baltimore, E.E.U.U), y millones de contagiados (13 075 840), son la evidencia triste de un dolor humano difícil de superar. Y, si bien es cierto que surgió la conciencia solidaria, en todos los sectores, también es cierto que sigue dominando la individualidad y la indiferencia. Apenas abrió sus puertas el comercio, hace unas semanas, según las estrategias de cada país, la gente hizo filas para comprar productos innecesarios, inútiles. El consumo, el ansia de poseer, de llenar un vacío con bienes materiales, pone también en evidencia, y con vergüenza, donde está la mente y el corazón humano de una inmensa mayoría. El des-confinamiento no es para ser más humano, sino para pretender volver a lo mismo de antes.

La Iglesia no está exenta a los estragos de la pandemia. Nunca antes, por estos motivos, se cerraron los templos. Lo comunitario, se convirtió en un factor de riesgo de contaminación. Interactuar -presencialmente- con la hermana y el hermano es peligroso. Darse la paz, el beso y el abrazo, puede llevar a la infección y a la muerte. La comunión, la esencia del pan y el vino, pasó a ser para la mayoría de los fieles, una comunión espiritual. Los rostros ahora portan cubre bocas, ya no hay sonrisas. ¡Pero esto lo está viviendo el pueblo de Dios! Los seminarios y los conventos se quedaron, sino todos, si la mayoría, con el privilegio de tener misas internas en la comunidad. Somos los privilegiados que podemos participar del pan y el vino, de comulgar física y espiritualmente, pero no por ellos somos mejores. El Santísimo Sacramento, tan necesario para el alma, no se escatimó al interno, sino a lo externo. Todo se clausuró de un día para otro, y todos consintieron que así fuera, por motivos de salud.

El virus, ha puesto también en evidencia, nuestras miserias religiosas, humanas y comunitarias. Acostumbrados a tenerlo todo, hasta los servicios religiosos (a la carta), no nos habíamos percatado que todo se había vuelto rutinario y monótono. Sin embargo, lo que uno esperaría de esta experiencia, es que valoráramos más lo que tenemos. La realidad vuelve a evidenciar que no hay una necesidad nueva y apasionada de Dios. Dios también está confinado y en cuarentena. Lo hemos dejado dentro de los sagrarios, encerrado en los templos, esperando a que pase la pandemia. La valentía de la Iglesia se ha convertido en conformismo. El anuncio del evangelio, ante una realidad tan aplastante como la de la pandemia, se está dejando en un segundo plano. Lo que hoy importa es la salud física, lo espiritual puede esperar.

Existe un pavor tremendo a ser portador o padecer el virus covid-19. Los profesionales de la salud mental identifican angustia, estrés, depresión, neurosis, tensión, agresión, violencia y más padecimientos patológicos a raíz de la pandemia. No solo se vive con miedo, se vive enojado. A raíz de la pandemia se han tenido que implementar campañas de no-agresión. El miedo tiene muchas caras, y una de ellas, es la perdida de lo humano.

Es verdad que pocos culpan a Dios por lo que está pasando, a diferencia de otras épocas catastróficas en donde se decía que él era el responsable directo de los sucesos. Al parecer hoy, hay un mejor entendimiento de lo que nos pasa y sabemos que Dios no es el culpable del virus. En el acompañamiento espiritual que he dado a los que han perdido un familiar, un amigo o un conocido por covid-19, parece haber resignación, no hay trauma. La afirmación: “Dios no lo quiso”, parece conformar y tranquilizar los espíritus abatidos. Además, si ha esto le añadimos que tampoco hay luto, porque hay que cremar o enterrar lo más pronto posible el cuerpo, sin el obligado novenario y los rezos subsecuentes, entonces no hay tiempo para tantas preguntas. Lo que se quiere es salir lo más pronto posible de esa pesadilla. Pero hay un riesgo latente que tarde o temprano cobrará factura si no se maneja acertadamente: el duelo. Si no hay tiempo para integrar la experiencia de la muerte, se corre el riesgo de caer en la simpleza de la vida.

Detrás de todo esto hay un peligro que hay que advertir: si Dios no es el responsable, tampoco es necesario. Hay quienes están más preocupados por la economía que por Dios. Quienes están más preocupados por sanitizar los templos, que por el verdadero espíritu del evangelio. La tendencia mundial está más preocupada en buscar una vacuna, que en alimentar la fe. Me atrevo a escribir, que incluso, las oraciones cristianas tienen un tono más de resignación que de pasión por la vida. Pedir por los enfermos se está volviendo costumbre, sobre todo cuando son muchos. El dolor que se piensa no es dolor. El ser humano tiene un mecanismo de defensa que le permite salir adelante de sus adversidades. Prefiere pensar el dolor a padecerlo. Prefiere pedir por otros, que comprometerse. El amor abstracto no es amor. El amor es acto concreto.

Todo se está volviendo virtual. Se está convirtiendo en imagen, o lo que se puede denominar, abstracción (idea). Los muertos son imagen televisiva; los enfermos son imagen en las fotografías y los medios masivos de comunicación; el dolor vende; el sufrimiento, cautiva y atrae a los televidentes. Lo virtual se está apoderando de nuestras “nuevas formas” de vida. Se toma imagen de todo, hasta del paciente enfermo. Video llamadas, video conferencias; video clase y videos de encuentros en línea. Reuniones, celebraciones, todo en imagen.

El ser humano sólo se adelantó (a prisa) a algo que ya sabía: la sobre explotación de lo virtual. Vale más una imagen que una palabra. Vale más la imagen de uno, que la persona misma. Si en la modernidad era la razón, en la postmodernidad el valor de la persona, en la era global, y tecnificada, es tiempo de la apariencia (de la imagen). Los productos de consumo que la gente más compra en tiempo de pandemia tiene que ver con aquellos que resaltan el cuidado de la apariencia. No sólo hay que verse, hay que verse bien.

Ya no es necesario estar presente para estar comunicado. Las redes sociales se han vuelto el vínculo de comunicación. La palabra está suplantada por la imagen. Hoy es más importante parecer que ser. Esta necesidad de lo virtual ha llevado consigo a otra forma (renovada) de consumismo. Si ya veníamos de una tendencia exagerada del uso de los aparatos electrónicos, hoy se han vuelto vitales. El mundo no se explica sin las plataformas, sin las aplicaciones, sin las herramientas tecnológicas. Y para no estar fuera de este escenario, hoy como nunca los gastos están en orden a la adquisición de las mejores tecnologías. Los individuos caminaban ya con aparatos electrónicos antes de la pandemia. Sería una hipocresía afirmar que esta forma de vida llego con el virus.  El prójimo ya era un “ente” metido en un aparato. Y si se piensa que esto sólo pasaba en las calles, basta dar una mirada a los modos de vida de muchos religiosos y religiosas, y en su conjunto, en los modos de vida de las comunidades. La mayoría pegada a un teléfono celular, a una tableta o a una computadora. Lo transitorio se ha vuelto imprescindible, lo superficial, necesario. Hasta los amigos, los hermanos, se han vuelto virtuales.

Esta tendencia, sutilmente, ha entrado (para quedarse) en la Iglesia y en la mayoría de las comunidades religiosas. En pocos meses, los que llevamos de la pandemia, y ante el cierre de los templos y las capillas al culto público (no así el privado en nuestros conventos), la eucaristía, preferentemente, y otros sacramentos y sacramentales, se están practicando virtualmente. Misas y rezos por Facebook, por Zoom, por video llamada, u otro medio, es lo de hoy. El pastor que esté mejor equipado, el que está en los videos, está vigente; los que no, obsoletos. La sobre explotación de los medios también lleva a los excesos.

Desde mi perspectiva, no se ha dado el tiempo necesario para su buen y racionalizado uso. Esta revolución (emergente) no está teniendo tiempo para la reflexión de lo que estamos haciendo. Lo que conocíamos como pastoral, tiene ahora otras interpretaciones. Se nos ha invitado (urgido) a ser creativos. Y en aras de la creatividad estamos cayendo en los abusos. Lo virtual está llevando a prácticas que han dado más lugar a lo profano, en detrimento de lo sagrado. Se está poniendo más atención en las posturas, en los adornos, en las decoraciones, en que todo salga “bonito” y bien planeado. La imagen vende y quien invierta más en ella, tendrá como consecuencia, más seguidores, no necesariamente más fieles. A mayor cantidad de seguidores, se dice, mayor éxito. Allí están los tableros digitales, las estadísticas que dicen quién si lo hace bien y quién no. Aparecer es diferente a dar testimonio. Sólo Dios sabe si quien está detrás de la pantalla es congruente y sincero con lo que dice.

La vida cristiana comenzó siendo un movimiento. Jesús proclamó el evangelio con Palabras y Hechos. La fuerza del evangelio siempre ha ido acompañada del testimonio vivo. Para los que me llamen anacrónico, mantengo firme la postura de que Jesús de Nazaret le apostó a la comunicación directa, a la experiencia cercana. No habló de Dios en los templos, lo hizo en los campos, en los pueblos, a orillas del mar, en las casas. No se quedó estático, fue itinerante. Llevó a Dios, no espero a que llegaran por él. La pasión por el Reino y el amor de Dios, su Padre, fue su fuerza y su motor. El seguidor tenía que ser un creyente, no un fanático.

Pero, no se piense que estoy en contra de ser creativo en tiempos de pandemia. Nada más falso que esto. Lo que advierto es que, sin una seria reflexión, un alto en el camino, podemos caer en los excesos y confundir al pueblo de Dios. Sobre todo, si se tiene en cuenta que la sociedad, antes de la pandemia, ya venía arrastrando unos complejos problemas con el manejo de los instrumentos de comunicación. Si tenemos memoria, el uso de los aparatos electrónicos ya planteaba algunos retos en nuestros modos de convivir. Dejamos la puerta abierta a la modernidad y la postmodernidad, la dejamos pasar a nuestras casas, y nos dejamos envolver en la sutil tentación de que todo lo que nos ofrecía era necesario. Muchas ideologías actuales no comulgan con el evangelio.

Tengo en mente la oración que el Papa Francisco realizó con el Santísimo Sacramento en la plaza de la Basílica de San Pedro en Roma. Una plaza sola, una custodia en una mesa portando el Santo Sacramento. Millones de televisiones encendidas, reproducciones en los medios, para los que no estuvieron conectados en vivo. Y detrás de ello, según el horario, devotos encendiendo y apagando la tv o el computador. Unos sabiendo lo que hacían, con devoción; otros cambiando el canal del tv porque no les resultaba atractivo después de unos minutos. Unos se dispusieron para el momento, se prepararon; otros desde el confortable sillón de la sala, o desde la cama, sin respeto alguno comiendo frituras. Sólo espero que nosotros, los conventos y seminarios, o comunidades religiosas, tengan a bien diferenciar (todavía) lo sagrado de lo profano. Cuando Moisés fue en busca de la zarza ardiente Dios le advirtió que se descalzara porque la tierra que pisaba era tierra santa. Delante de Dios no podemos estar de cualquier manera.

En un tiempo, muy corto, las oraciones y la liturgia estaban impresas en papel o en libros. Hoy en día está de moda llevar los celulares o las tabletas; teclear la fecha y descargar los contenidos del día. ¡Es la era digital! ¡Todo en un mismo lugar!, no hay que ser retrasados. Sin embargo, la oración no precisa de instrumentos, de redes, o un sinfín de medios para poder orar. La oración es un diálogo, interrelación, entre Dios y el ser humano; un encuentro a solas y en silencio, sin nada que estorbe. La misión (proclamación del evangelio) no consistió en llevar muchas cosas, ni contar con muchos recursos, ni con muchos accesorios, ni con un holgado presupuesto. Bastaba la pasión por la Palabra y el testimonio (los hechos).

Para anunciar el Reino de Dios, Jesús no pensó en lo que debían tener o llevar sus discípulos, sino precisamente en lo contrario, en lo que no debían tener. El testimonio del discípulo es ya evangelio. Para el discípulo no hay nada más importante que el Reino. Por eso Jesús los envió sin morral, sin dinero, sin sandalias, sin bastón. No es lo que han de llevar, sino lo que han de dejar. Para anunciar, primero hay que despojarse de lo que estorba.

En la era virtual, una imagen sin contenido, sin esencia, es inútil. Las modas son pasajeras, lo que es realmente trascendente, permanece.

En esta “nueva realidad”, tal como la han denominado comunicadores y expertos en sanidad, viene a bien recordarnos cómo nos quería Jesús. No debemos olvidar para qué fuimos llamados. El seguimiento de Jesús, el llamado, la vocación, hoy más que nunca demanda fidelidad. No se puede ser discípulo de cualquier manera. No podemos sin más implementar el uso de medios y estrategias de comunicación. Si en ellos no va implicado la vida, la fe, podemos quedarnos solamente en lo superficial, en entretener. La vida cristiana nunca ha sido fácil, y no tiene porque serlo ahora. Lo virtual puede confundir y confundirnos. Puede hacer que nos quedemos cómodos en nuestros recintos, en nuestros escenarios, en nuestras casas. El evangelio siempre fue riesgo, compromiso, encuentro.

Los efectos negativos de los medios electrónicos (su abuso y mal uso), y la vida espiritual a distancia, en la “nueva normalidad”, pueden ser la otra “nueva pandemia” que se avecina para la vida espiritual: la vida virtual.

Reyes Muñoz Tónix. SchP

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