Lo que uno siembra

No hay ser humano que no quiera estar bien. Podrá cuestionarse la forma, pero no el fondo: todo ser humano busca vivir bien. Por eso se levanta, se esfuerza, trabaja, se supera, o se deja llevar por un caudal de perdición.

Lo que llamamos “bien” puede tener diferentes interpretaciones. Para algunos será no carecer de nada, tenerlo todo: bienes materiales, buena fama, buena salud, recreación, etcétera. Para otros, será –quizá- no depender excesivamente de las comodidades ni de las cosas. Para los primeros, el “bien” consistirá en tener o poseer; la ausencia de algo es vista como malo. Para los segundos, los menos, lo importante es lo necesario: lo que no es útil, estorba; lo que no se aprovecha, hace daño.

Hay quien se contenta con ver a los suyos bien, hay quien prefiere verlos bien y con mucho ( bienes materiales): el éxito es sinónimo de poseer: un nombre, una profesión, un estatus social.

Entre estos polos opuestos hay muchas otras consideraciones y posturas  intermedias: los que tratan de equilibrar la balanza entre el tener y el ser, los que tratan de recuperar los valores de otras épocas porque piensan que fueron tiempos mejores, los que se justifican en sus modos de vida actual porque, aunque lo reconozcan, se aferran a que así debe ser y no de otra manera.

La búsqueda del bien, sea del tipo que sea, es inherente (está “pegada”) a la naturaleza humana. Sin embargo, no todo lo que se aprecia como “bien” es bueno. Basta observar a nuestra niñez, adolescencia, juventud, y, ¡hasta adultez actual!, de las grandes ciudades (y también de algunos pueblos), que contando con mayores recursos y comodidades que otras generaciones, viven menos bien, por ya no decir, infelices.

La ecuación no resultó: la calidad de vida no está en la posesión o el desarrollo tecnológico, o en la posibilidad de contar con mayores comodidades, ni en el capital (dinero), ni en las cuentas de inversión o en los negocios. Si esto fuera así, debería haber en las calles y en las casas más hombres y mujeres felices. El resultado, por el contrario, es triste: se respira una mayor ansiedad y angustia; una perceptible y voraz competencia: ¡todos quieren ser primero, a nadie le gusta ser el último! Todos quieren mandar, nadie quiere obedecer. 

Eso se le inculca, sin reparar en el daño, a los niños de hoy sin poner unas reglas claras: no todo está ni debe estar permitido. Todas las cosas tienen su tiempo.La posesión trajo consigo otros dos vicios: la soberbia y la envidia. Y estos vicios degeneraron en el deterioro social y la corrupción, en la pérdida de lo humano, en la relativización de la vida. ¡Todas las vidas humanas tienen el mismo valor!, pero no todas –en esta sociedad- son valoradas – igual.

Acosta de estar “bien” hay a quienes no les importa causar daño… El egoísmo es otra de las características del “mundo” actual. Unos pueden matar a otros, otros pueden devorarse incluso así mismos, el argumento es el individuo y su bienestar.“Lo que uno siembra, es lo que uno cosecha”.

Nuestra generación actual es responsable del tipo de vida que vivimos. La política, la economía, la cultura, el progreso, el desarrollo, etcétera, son tendencias, no son personas.

Podemos pensar que nosotros no hemos hecho nada malo, pero debemos advertir que ciertas tendencias las hemos permitido, nos hemos dejado llevar. Muchas de las realidades que padecemos las hemos consentido, e incluso, promovido, y he ahí las consecuencias: la insatisfacción.

Nos complacen los modos de vida superficiales y pasajeros, pero en el fondo, nos dejan vacíos. No todos los “bienes” hacen el bien.

Jesús propuso un modo de vida bueno. Pero en definitiva no es el nuestro. Querer el suyo, implica un ejercicio profundo de conversión, sobre todo para aquellos que ven la bondad de otro modo. Jesús va al corazón del hombre, a su interior. Busca la bondad de él dentro, no fuera. Porque del corazón salen todas las cosas buenas y malas. Él quiso sembrar allí su semilla de amor, para que el corazón produjera frutos buenosSiempre que se siembran actos de bondad, se cosechan acciones buenas.

La bondad no es un bien materia. Es por esto que: “si el grano de trigo no muere, no producirá frutos”. Quien hace el mal, solo puede dar lugar al mal. Si el hombre busca el bien verdadero, su vida será buena. ¡No hay margen de error! La conversión no consiste solo en enmendar –solamente- los errores, consiste más bien en elegir cómo quiero vivir.

Jesús propone una vida humana de calidad, una vida bien en todos los sentidos. La maldad nos aleja de Dios, la bondad nos aproxima. Cada cristiano debe ser para el mundo una semilla buena, no cizaña o hierba mala. Debemos, por lo tanto, recuperar nuestro sentido de humanidad sembrando lo que nos hace bien.

Reyes Muñoz Tónix. SchP

Marzo 2015

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