Te presto mis manos

  • “¿Qué haces?”, preguntó el niño
  • “Estoy lavando la ropa de Lalo”
  • Y, “¿por qué la lavas?”
  • “Porque está sucia”

Su carita hizo un rictus desagradable, la ropa olía a orines y a excremento, perceptible en todo el patio. Su gesto de desaprobación y asco era evidente, como también lo era el mío. Pero se quedó allí, jugando a mi lado.

Lalo tiene distrofia muscular. Hace unos meses no controla ya esfínteres. Después del cuadro de neumonía, su salud se deterioró más de como estaba. Ha sido una prueba difícil para todos atenderlo en sus servicios. Al principio creíamos que era algo pasajero, un accidente. ¡No fue así! Idas y venidas al hospital para consultar lo que pasaba, sólo derivaron en algo que no queríamos aceptar: su cuerpo se ha deteriorado. La distrofia muscular es una enfermedad congénita progresiva. Su cuerpo se apaga como un cirio que poco a poco se consume. Lo delicado, y para mí triste, es que se es consciente de cómo se apaga la luz y no hay nada que se pueda hacer, medicamente.

El niño hundía sus manitas en la pileta del agua del viejo lavadero que tenemos en casa. Jugaba a que eran barcos y se hundían, o delfines que chapoteaban. Con murmullos y ruidos extraños, imaginaba que los “barcos” peleaban, o que los delfines se correteaban. Mientras yo, vertía agua sobre la ropa sucia. Ambos soportando el olor fétido.

Cuando Lalo empezó a sentir vergüenza por que había que cambiarlo de ropa y limpiarle el cuerpo con paños húmedos, o incluso bañarlo porque estaba muy sucio, la cuestión se tornó más difícil. ¡Cayó en una tremenda depresión! Ya no quería comer ni beber agua por temor a hacer del baño. Empezó a bajar de peso. Se creía que era parte de la enfermedad, hasta que un día me acerqué a él y me dijo: “si tengo hambre, pero tengo miedo a ensuciar todo”.

Me sentí el ser más inhumano. Todo dentro de mí se estremeció. No alcancé, si quiera imaginar, que el miedo a ensuciar puede provocarle a alguien dejar de comer y beber. Lo abracé, solamente lo abracé, y le dije: “de hoy en adelante te presto mis manos. Te las presto para lavar tu ropa, para atenderte, para asearte, para limpiarte, para cuidarte, para bendecirte. Come, no tengas miedo. Vivir con miedo no es vivir. La suciedad se limpia, Lalo, con jabón y agua. ¡Perdóname!, perdóname por no darme cuenta a tiempo”. Quien sentía vergüenza ahora era yo.

Pero algo dentro de mí surgió. Si todos prestáramos, no las manos, si no el corazón, este mundo sería diferente. Si todos fuéramos conscientes de que alguien nos necesita, dejaríamos de estar encerrados en nosotros mismos. Y no me refiero al mundo entero. ¡Quien más te necesita es quien vive contigo! La caridad primero debe ejercerse en casa, porque el hogar es el lugar en donde se vive, se come, se ríe, se llora, se sufre, se juega, se sueña y se cree. La suciedad huele feo, pero se quita con jabón, agua y esfuerzo. El alma sólo se limpia con una alta dosis de amor y perdón. Lo que se ama se redime. El amor ahuyenta los miedos, y por amor, uno está dispuesto a todo.

Servir a un ser humano con discapacidad no es fácil. Pero no piense que esto es para héroes, o para seres extraordinarios. ¡Esto es para seres humanos!, Todos podemos hacer algo por alguien. Todos podemos renunciar a nosotros mismos para que el otro esté bien; podemos dejar de hacer lo que sabemos que le molesta al otro, y con esto sería suficiente. Todos podemos dar algo de nosotros mismos para el bien común. Todos podemos dar alma, vida y corazón en esta tierra. Porque no hay mayor alegría que ver feliz a quien se ama. La auténtica felicidad se experimenta en el otro, cuando lo ves comer y beber si miedo, sonreír libremente, solicitar ayuda porque confía, sentirse seguro porque se siente amado.

  • “Terminaste”, me dijo el niño.
  • “Sí, ya acabamos”.
  • Metido en mis pensamientos, el niño me jala la playera húmeda que porto por el agua que me ha chorreado del lavadero, para decirme:
  • “¿En qué te ayudo?”
  • A ti te toca tender la ropa, “préstame tus manos”.
  • “¿Préstame tus manos?”

Él no entiende, agarra el balde de ropa lavada y limpia y se va a los tendederos. Su diminuta estatura apenas si alcanza los lazos que penden en el patio. Levantado en puntillas, una a una va poniendo la ropa. Al final del cometido regresa donde estoy para decirme triunfal: “listo”. Le mezo el cabello en gesto de agradecimiento y él corresponde con una sonrisa.

Reyes Muñoz Tónix, SchP

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