¡¿Todavía me quieres?!

  • Estamos lavando los trastes,
  • Bueno, yo lavo, el seca y acomoda.
  • “¿Cómo estás?” Le pregunto

Sé que no ha estado bien, apenas acaba de pelear con otro menor de la casa en la que vive. Todo comenzó, para un adulto, por nada, para un menor, por todo. El universo de los niños es distinto al de un adulto. La vida está en los detalles. No soportó más, y se lanzó a los golpes. Yo había recibido el reporte, me habían informado por teléfono, así que sabía cómo estaba.

  • Él me mira, se percibe descubierto. Se pone nervioso, en su mente, talvez un: “¿Cómo lo supo?” Se pregunta en sus adentros.
  • “¿Qué fue lo que pasó?”

Él sólo mira los platos y los vasos que seca. No dice nada. Yo guardo silencio. Hago que no lo miro, y sigo lavando.

  • “Yo tuve la culpa”, dijo, susurrando. Apenas pude escucharlo.
  • “Anda”, le muevo el hombro con el mío, “¡cuéntame!”

Dejo a un lado la culpa. ¡Cuánto bien hace dejar las culpas a un lado antes de iniciar un diálogo! Señalar la culpa ya es un juicio. Si se deja el “sentimiento” de culpa antes del diálogo, se dejan fuera los prejuicios. Las culpas siempre señalan culpables, etiquetan a las personas. La culpa no hace bien a nadie, ni al que la padece, ni a quien la señala.

Mientras lavábamos y secamos contó lo sucedido: todo comenzó así de repente, estaban jugando y diciéndose cosas, hasta que el otro dijo algo que le remitió a su pasado doloroso, pero lo peor, es que se reía de él. Entonces, la primera reacción fue pegarle; fue un impulso agresivo, así no más, explica, sin pensarlo. Se fue encima del otro, ni siquiera le dio tiempo a que reaccionara, le pegó. El otro gritaba, y los gritos atrajeron la atención de todos. Los separaron como pudieron, y por el cuadro agresivo que presentaba, le echaron la culpa. Me detengo, dejo el jabón, y me queda espuma en las manos.

  • “¿Qué recordaste?”, le pregunto. Su rostro reflejaba rabia, molestia, furia. Agarraba el trapo para secar los platos con enojo. Ambos nos volvimos a mirar fijamente. Hasta que el rompió el silencio:
  • “¡El cabrón me pegaba! Cuando llegaba, nos pegaba a todos. Nos decía groserías. Y yo lloraba. ¡Cómo lloraba! Y él reía. Se carcajeaba. Sus gritos me ensordecían, yo me tapaba los oídos para no oír nada. ¡Pero escuchaba todo! Una vez tomó un cable, el de la plancha, y nos pegó a todos. Y lo peor es que me decía lo que me hacía sentir mal. No eran los golpes, aunque dolieran. Es que me decía cosas feas de mi cara, de mi cuerpecito, del color de mi piel. Yo estaba chiquito, pero ya entendía. NO ME QUERÍA. No sólo eran los golpes, eran las palabras. Y si más lloraba, más me pegaba. Mi llanto aumentaba su irá, su rabia, su coraje. Yo quería proteger a mi hermanito, pero no podía. Por eso un día me salí de mi casa. Una señora me encontró en la calle y me llevó a la policía. De allí, pasado unos días, llegué aquí. Me dijeron que aquí había comida y juguetes, que iba estar bien”.

Así como hablaba, sus lágrimas se derramaban sobre sus mejillas. Los recuerdos tristes desgarran el alma. Hay imágenes que se convierten en traumas. Los miedos tienen rostro, nombre y apellido. Las palabras suelen dañar más que los golpes. Los golpes duelen en el momento, y con el tiempo se curan, el odio permanece, y a veces, no se va nunca. Vivir con miedo no es vivir. Vivir anclado al dolor del pasado es estar atado. Quien no se libera del ayer doloroso, no goza el presente, aunque haya comida y juguetes. Puede un ser humano alejarse de lo que le duele mil kilómetros, pero sin redención, seguir siendo el mismo. Puede uno crecer, hacerse adulto, pero seguir siendo el mismo niño o niña que llora por el recuerdo infame de alguien que te ha hecho daño. Pero lo más doloroso es crecer en un medio donde sientes que NADIE TE QUIERE, que no vales nada.

  • “¿Por eso le pegaste?”
  • “Sí, por que podía. Antes no podía. Yo era más chico. A este niño si podía pegarle. Por eso lo agarré y lo empujé”.

Volvimos a guardar silencio, fue más corto. Su rostro ya no es el de hace unos minutos. Lo noto “culpable”.

  • “¿Qué tienes?”
  • “Me siento mal”
  • “¿Por qué?”
  • “Le hice daño. Le hice lo que a mí me hicieron. Aunque se podía defender, por que estaba más alto que yo, no se defendió. Sólo puso sus brazos encima del cuerpo para que no le hiciera daño. Yo recordaba eso. Yo también ponía las manos para que no me pegaran. Pero no hablaba, no decía nada. ¿Llorar? ¡Para qué! Sólo provocaba más golpes. Por eso le pegué. Para desquitarme”.

Sus palabras estaban llenas de sentimiento. Habló, habló mucho más de lo que escribo. Allí parados delante de los trastes estuvimos un largo tiempo. Hablamos de su niñez arrebatada, de su familia herida, de sus dolores presentes, de la Señora de la calle que le dio de comer. Hablamos de los cumpleaños sin pastel y sin regalos. Recuerda: “mi primer pastel fue un “pingüino” (un pastelito comercial, pequeño, mexicano). Hablamos de que no era su padre, sino su padrastro. De que ha despertado en muchas partes y ninguna ha sido su casa. Hablamos de su mamá, ¡cómo hablamos de ella! La recuerda, pero no tiene una imagen de ella. ¡Está bloqueado! Todo en él está revuelto. “No sé dónde vivo”. No recuerda dirección alguna. Sólo me dice que hay una señora vendiendo en una esquina, y unas escaleras desgastadas, pero nada más. La escena puede ser cualquiera. ¿Qué es el ser humano sin recuerdos hermosos? ¿Cómo se construye la vida cuando no hay en que construirla?

Acabamos de hablar, entonces me pregunta, como preocupado:

  • “¡¿YA NO ME QUIERES?!”
  • “Te quiero”, le digo. “Te quiero”, le repito. “Te quiero”, lo abrazo.

No todos los seres humanos nacen en un ambiente de amor. Y no todos los que lo tienen lo aprovechan. El amor humano se aprende. Todos nacemos con la capacidad de amar, fuimos creados buenos. Sin embargo, los medios en que vivimos son determinantes. Él nació en un medio así, en lugar de cariño recibió golpes, en lugar de palabras tiernas, gritos. Muchos se duermen con la seguridad del mañana, otros con miedo. Vivir con miedo no es vivir.

  • “¿Qué te quiero?, ¡sabes que te quiero!”

¡Él llora!, ¡cómo llora! Llora, llora mucho, pienso en mis adentros. Convierte todo tu dolor en amor. Las palabras sobran, ya no hay más que decir. El amor no siempre precisa de palabras bellas, en muchas ocasiones sólo es un gesto, una acción. Le invitó a secarse las lágrimas, a sonreír.

  • “¡Terminamos de limpiar los platos!”, le digo.

Con un asentimiento de cabeza me dice que sí. Y seguimos entre jabón, espuma y platos. Y yo sumido en mis pensamientos pienso:

            << Cuánto bien le hace al alma escuchar un TE QUIERO. Y que redención escucharlo de la persona que te ama. Cuando dialogues, no señales culpables si alguien se ha equivocado. El amor es detalle, está en el acto más sencillo que termina por engrandecer al Otro, no sólo a uno mismo. Ama tu historia, ama tu pasado por muy doloroso que sea para redimirlo. Caminar herido sólo lleva a un tránsito doloroso. Y si hay que guardar algo en el corazón, que no sean las amarguras ni lo que obstaculiza, lo que te detiene, sino las memorias que te empujan a vivir hacia delante. No guardes el rencor ni los odios, nunca llevan a nada bueno. Sé valiente y humilde y, ante todo, no repitas en otros lo que te hace daño, no formes parte de esa cadena interminable de sufrimiento. Lastimando a los demás no es como se repara un corazón marchito. Devuélvele a la vida sonrisas. ¡Estás vivo! Y cuando llegue la noche, antes de entregarte al sueño, bendice y encuentra la paz. Hay historias que no son la tuya. Y dolores que no son tus dolores. Cuando te juzgues sé misericordioso contigo. Hay cosas que no podemos cambiar. Nadie tiene el poder de volver físicamente al pasado y cambiar el rumbo de la historia. Pero siempre habrá una oportunidad para construir un futuro más promisorio. Pero, sobre todo, nunca dejes de decir te quiero a quien te ama. Nunca dejes de tener detalles, ten presente que el amor, cuando es amor verdadero no precisa de palabras, todo cabe en una mirada. En cuestión de amar no hay límites, no te preocupes. El amor no compite, comparte. El amor recíproco, el que va de ida y vuelta, es una bendición, no una exigencia. Puedes obligar a comer, pero no a que te amen. Puedes quedarte resignado a que tu historia no es la mejor historia del mundo, o puedes escribir una, a partir de hoy, que valga la pena. La vida debe ser para todos una hermosa aventura. Nadie debe acostumbrarse a sufrir, siempre hay una alternativa. Y, no te juzgues fría y duramente. Antes bien mírate con la mirada que Dios te mira: con amor, con compasión, ternura y misericordia .

Reyes Muñoz Tónix. SchP

hogarescalasanzmexico@gmail.com

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