Una historia con voz de niño

Llamé para comenzar la comida. Tenemos que realizarla a la 1 pm. La escuela da inicio a las 2 pm, y tenemos que salir de casa 15 minutos antes para llegar a tiempo. La escuela está cerca, basta caminar con ellos unos 5 minutos divertidos para llegar. Cuando llegamos, en automático los tíos nos convertimos para ellos en unos desconocidos. Tan solo abren la puerta corren, se atropellan con sus amiguitos y amiguitas que ya sonrientes los están esperando. La señora de la puerta, como siempre, lanza un par de gritos para que no la tiren o para que le hagan caso. Alguno de ellos voltea, ve si todavía estoy en la calle. Me mira, sonríe y suspira. A mi me gusta soñar, pero más aún, concretar lo sueños. Cuando me preguntan, ¿qué espera de los niños que atiende?, yo respondo inmediatamente porque lo tengo claro: que sean buenas personas. Una buena persona, en mi entender, es una persona feliz. No anda peleada con el mundo. Una buena persona sabe ver lo bueno de la vida. Toma con buen humor los acontecimientos, sean o no favorables. Una buena persona es aquella que tiene buenos sentimientos, no es indiferente, tiene ojos para los demás. Ser buena persona es ser exitoso. Por eso cuando veo a mis niños que entran a la escuela, a diferencia de otros padres, yo no pienso en lo académico. Pocos son los que sacarán una nota de diez. Nuestros niños llegan a Casa Hogar con tantas limitaciones; algunos de ellos nunca han pisado una escuela; otros más, ni si quiera saben escribir su nombre a edades de 9 o diez años. Hay dos con capacidades diferentes que van a una escuela especial, están aprendiendo a sobrevivir con lo mínimo, a coordinar movimientos, a aprender los símbolos y los signos básicos de la comunicación para no perderse o para saber comunicarse al menos. ¿Cómo podría apostarle a lo académico? Mi apuesta es a que estén preparados para salir adelante, y sobre todo, que sean buenas personas.

            Hoy la comida fue distinta. Dispusimos platos, vasos y cucharas, y el alimento que Dios nos regaló. Todo estaba en orden, y cuando digo en orden, entiéndase gritos, murmullos, sonrisas, niños peleando por llegar primero a las tortillas, a la salsa, a todo. Éste es nuestro orden: vocecitas infantiles, tiernas, llenas de preguntas, de querer hablar primero. Allí en la esquina está uno a quien le decimos que tiene “voz de corneta”, ya entenderá el por qué. Del otro lado está el que nunca se sienta, siempre tiene que estar de pie. En el costado, el niño que juega primero con la comida, imaginando no sé que cosa, y luego come, por lo regular, cuando todos han terminado. Cada uno tiene una característica particular, pero sin lugar a dudas, nuestras comidas son banquetes llenos de fiesta.

            Pero hoy fue distinto. El primero habló de su familia, de su infancia llena de golpes y ofensas. Las manitas comenzaron a levantarse, ¡todas pedían hablar primero! El clima, que no era de fiesta sino de ojitos rojizos apunto de llorar y caritas serias, dejaron lugar a un silencio angustiante. Delicadamente fui dando la palabra a cada uno, respetando los turnos. Hablaban apresuradamente, sus palabritas se atropellaban. Lloraba, me decían; me dolía, escuchaba. No es mi hermano, sino mi medio hermano contó otro, su mamá tenía muchos novios. Tres hablaron que se fueron a la calle. El relato desgarrador cubrió todo el comedor cuando escuchamos que a uno le prometieron comprarle algo, lo llevaron fuera de casa y lo dejaron en la calle. Cuando el buscó la mano que debía protegerle, ya no estaba, buscó y buscó por todas partes, pero no había nadie. Pasó hambre, frío y miedo hasta que una señora lo llevó con un policía y éste a un albergue del Estado. Todos escuchaban sin decir nada. Créame lector que no eran niños, eran almas heridas escuchando sus dolores. Todos habían sufrido; a todos algo de la narración del otro, le decía algo. Golpes, gritos, maltratos, hambre, abandono. Dolores que no solo eran de ellos. Son dolores de sus madres, principalmente, golpeadas por sus padres o padrastros, o parejas en turno. Sufrimiento asociado al alcohol, ¡cómo recuerdan el alcohol en su vida!, a la droga. Dolores que no encuentran sentido. ¿Por qué murió mi mamá?, me dice el que está a mi lado. Sus lágrimas están ya rondando sus mejillas. En efecto, mamá alcanzó a entregarlo a casa, y días después murió. Ahora es hijo nuestro, solo nos tiene a nosotros.

Durante más de media hora estuvimos hablando y escuchando, mis niños que siempre ríen y juegan en el comedor, ahora están serios, solo me miran. Quieren que yo les dé una respuesta, que llene un vacío, que les diga algo. ¡No, no tengo palabras! Me he quedado mudo como ellos. ¡Tanto dolor!, ¡tanto sufrimiento!, para mi no es comprensible. Y no, no quiero decir nada, no quiero enfrentarme a ellos. ¿Cómo hacerlo? Yo tuve una infancia feliz, unos padres que estuvieron conmigo. Cargo con dolores, como todos, pero ninguno se parece a ellos. No conozco el hambre, no conozco el frío, no conozco la soledad obligada que duele, no conozco la calle. El silencio en el comedor se volvió como algo helado. Los que decidieron sacarlo con el llanto lloraron, los que no solo tuvimos el rostro frío.

Entonces, conté anécdotas alegres, cosas graciosas. Costó, al principio, pero logré que todos rieran, que todos pronunciaran soberbias carcajadas. Reímos, ¡cómo reímos! Unos más se sumaron con otros comentarios alegres, cosas de niños. Lo importante no era lo que se decía, sino liberar al alma agobiada. Muestras de cariño las había de todos, unos se abrazaban, otros se señalaban tiernamente. El banquete y la fiesta volvió a la mesa. Por mucho que en tu vida haya tristeza, busca siempre momentos alegres, allí te están esperando para hacerte sonreír y no dar cabida a la tristeza.

Terminamos la comida, fría claro, pero con un corazón ardiente. Les pedí que me dejaran todos los trastos sucios en la mesa para que yo los lavara. Por lo regular, cada uno lava lo que utiliza. Pero hoy no, hoy debía ser padre, madre, hermano, amigo. Hoy debía ser, más que otros días, lo que ellos necesitan. No era con palabras con lo que se llenaría ese hueco que llevan dentro, sino con bellas acciones. Un acto de amor tiene la capacidad de transformar la vida de una persona. Ama mucho si quieres sanar tus heridas del pasado. Después del lavado de la loza, me fui a limpiar el patio, ellos se retiraron a la sala a mirar una programación infantil en la televisión. Escuchaba sus sonrisas desde fuera y algo de mi encontró paz. Pero necesitaba sacar el enojo de haber escuchado aquellas historias infantiles. No pasó poco tiempo en que ya tenía a dos, luego tres, luego cuatro, ¡luego todos! Apagaron la televisión y fueron a ayudarme. Cuando se es solidario con el dolor, el dolor une. Y allí estuvimos en el patio limpiando y riendo. Entre todo bendije. Solo bendición, ningún reclamo para mi Dios. Él no es el responsable de tanto sufrimiento. Por el contrario, él es bendición por eso estamos aquí en esta tierra.

Decidí suspender las clases. Hoy no fueron los niños a la escuela. Tuvimos la mejor de las clases, de esas que te ayudan para toda la vida. Estamos aquí juntos en Casa Dos, en la Ciudad de México. Mientras escribo ellos están pintando figuras de animales en la sala. Otros están en el patio jugando y corriendo como siempre. Uno ha estado a mi lado casi todo el tiempo que llevo escribiendo. Me mira raro, solo mueve las cejas. Te acuerdas del “voz de corneta”, ¡es él! Pero no habla, solo mira. Todos vienen a mostrarme sus animales coloreados. Dentro de cada uno hay una memoria y una historia. Ahora la conozco y la abrazo, y la llevo con responsabilidad y ternura.

Querido lector. Todos tenemos una historia. Podemos dejarla igual como la llevamos o podemos redimirla. Cada uno puede ser para otro el milagro que el otro espera.

Por: P. Reyes / Coordinador Provincial de Hogares

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